Desde pequeño tuve una rara fascinación hacia los insectos y animales en general. Me contaba mi madre, el otro día, que bicho raro que encontraba se lo mostraba a ella. Pero no compartía el mismo interés que yo e inmediatamente me decía:
- ¡Bota esa asquerosidad inmediatamente!
Obligado por las buenas costumbres y por al decencia, tuve que divorciarme de este interés y reprimirlo con el fin de que mi madre no me descubriera con las manos en el bicho. Pero eso no quita que no haya explorado este fascinante mundo de pequeñas cosas que se movían a voluntad propia, que volaban y que tenían las más variadas formas.
Cuando me encontraba en esa edad, esa que es la más inocente de todas, tenia complejos de insectario y creía que mi madre era el publico que lo contemplaba. Con mis pequeñas piernas, me aventuraba en los rincones del jardín de mi casa, observando cuidadosamente en las plantas y debajo de las piedras, las que podía levantar que no eran muchas. Me encantaba ver el caos que provocaba al levantar una piedra. Observar a todos los insectos y lombrices de tierra que estaban cómodamente descansando, se veían de pronto en al urgencia de correr despavoridos al ver que un niño gigante los punteaba con un tronco. Luego iba donde mi madre y le mostraba mi colección de escarabajos, lombrices y quizás que bicho. Me decía que jugara con otros más "limpios" como los caracoles, pero mi asombro por ellos había llegado a su límite. No se comparaban con un tallarín con miles de pies que se movía debajo de las piedras o un ejercito de chanchitos de tierra y su peculiar forma de evitar enemigos. Pero habían veces en que me conformaba con ver el rompimiento de las filas de las hormigas cuando dejaba un poco de tierra en su camino, aplastando a una que otra en la acción.
Pero mi investigación no se quedó ahí. Cuando fui más grande no me limite a lo que estaba más cerca de mí, que en ese entonces era el suelo. Cuando tuve un poco más de altura y mas velocidad, me aventure en los insectos voladores. Cuando encontraba uno lo atrapaba inmediatamente e iba corriendo hacia mi madre, con los ojos bien abiertos y una exaltación que llama la atención. Mi madre me conocía, y puso cara de horror al ver lo que contenía mi mano. Lentamente habría mi mano con el cuidado de que no se escapara fácilmente o que estuviera el tiempo necesario para que mi madre viera el tesoro volador que había encontrado. Y ahí estaba, tal como mi madre lo esperaba. Una chaqueta amarilla yacía agonizante en la palma de mi mano, con el ala rota y más que una pata también.
- ¡Suelta eso que te va a picar! ¡Y anda a lavarte las manos!
Cuando el campo de mi abuelo estuvo finalizado, se me abrió mi campo investigativo. Por las tardes salía con un amigo y un frasco de duraznos en conserva vacío y nos dedicábamos a recolectar langostas en los pastizales. Mi madre me reclamó porque en la noche hacían mucho ruido cuando saltaban y chocaban con la tapa, desesperadamente por salir. Triste liberación, más de 20 langostas atontadas salieron al instante que abrí el frasco, pero era necesario.
He tenido varias mascotas en mi casa. He criado cuncunas hasta que completan su metamorfosis, tuve una vez una culebrilla pero se murió porque no comía, muchas lagartijas, acostumbraba a hacer que abrieran la boca y me las ponía como aros. Pero todo esto nació por la selecta dieta de insectos que tuve cuando niño. Y sí que fue una dieta.
Un día le pregunte a mi madre si de verdad me gustaban los bichos cuando era chico y me respondió:
- Si, claro que te gustaban. En especial los chanchitos de tierra.
- ¿Enserio? Y ¿por qué tanto los chanchitos?
- Porque te los comías.

...Chanchitos de tierra. Hasta el día de hoy, cuando veo uno, no puedo evitar preguntarme ¿a qué sabrán? Pero no se preocupen, tengan seguro que no los probaré de nuevo. ¿Serán dulces o salados? Recuerdo que las hormigas eran picantes pero el de estos no lo recuerdo.
Pero, si mi hermana se comía la tierra de los maceteros, ¿por qué yo no podía degustar un chanchito?